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Confesión en secreto o sigilo

Por Pbro. Roberto Delgado

Concilio de Éfeso, 431 (III Ecuménico contra los nestorianos)

Temas que abordó:

  • De la Encarnación
  • Sobre la Primacía del Romano Pontífice
  • Anatematismos o capítulos de Cirilo (contra Nestorio)
  • De la guarda de la fe y de la tradición
  • Condenación de los pelagianos
  • De la autoridad de San Agustín
  • Lista sobre la gracia de Dios o autoridades de los obispos anteriores de la sede apostólica
  • Sobre la confesión secreta
  • Del sacramento de la penitencia

De la encarnación (De la Carta II de San Cirilo Alejandrino a Nestorio, leída y aprobada en la sesión I)

Pues, no decimos que la naturaleza del Verbo, transformada, se hizo carne; pero tampoco que se transmitió en el hombre entero, compuesto de alma y cuerpo; sino, más bien, que habiendo unido consigo el Verbo, según hipóstasis o persona, la carne animada de alma racional, se hizo hombre de modo inefable e incomprensible y fue llamado hijo del hombre, no por sola voluntad o complacencia, pero tampoco por la asunción de la persona sola, y que las naturalezas que se juntan en verdadera unidad son distintas, pero que de ambas resulta un solo Cristo e Hijo; no como si la diferencia de las naturalezas se destruyera por la unión, sino porque la divinidad y la humanidad constituyen más bien para nosotros un solo Señor y Cristo e Hijo por la concurrencia inefable y misteriosa en la unidad; porque no nació primeramente un hombre vulgar, de la santa Virgen, y luego descendió sobre Él el Verbo; sino que, unido desde el seno materno, se dice que se sometió a nacimiento carnal, como quien hace suyo el nacimiento de la propia carne. De esta manera (los Santos Padres) no tuvieron inconveniente en llamar Madre de Dios a la santa Virgen.

Sobre la primacía del Romano Pontífice (Del discurso de Felipe, Legado del Romano Pontífice, en la sesión III)

A nadie es dudoso, antes bien, por todos los siglos fue conocido que el santo y muy bienaventurado Pedro, príncipe y cabeza de los Apóstoles, columna de la fe y fundamento de la Iglesia Católica, recibió las llaves del reino de manos de nuestro Señor Jesucristo, salvador y redentor del género humano y a él le ha sido dada potestad de atar y desatar los pecados; y él, en sus sucesores, vive y juzga hasta el presente y siempre.             

Sobre la confesión secreta (De la Carta Magna indign., a los obispos todos por Campan, etc., de 6 de Marzo de 459)

Constituyo que por todos los modos de destierre también aquella iniciativa contraria a la regla apostólica, y que poco es sabido, es práctica ilícita de algunos. Nos referimos a la penitencia que los fieles piden, que no se recibe públicamente una lista con el género de los pecados de cada uno, como quiere que basta indicar las culpas de las conciencias a solo los sacerdotes por confesión secreta. Porque si bien parece plenitud laudable de fe la que por temor de Dios no teme la vergüenza ante los hombres; sin embargo, como no todos tienen pecados tales que quienes piden penitencia no teman publicarlos, ha de desterrarse costumbre tan reprobable. Basta, en efecto, aquella confesión que se ofrece primero a Dios y luego al sacerdote, que es quien ora por los pecados de los penitentes. Porque si no se publican en los oídos del pueblo la conciencia del que se confiesa, entonces sí que podrán ser movidos muchos más a penitencia.

Del sacramento de la penitencia (De la Carta 108 Sollicitudinis quidem tuae, a Teodoro, obispo de Frejus, de 11 de Junio de 452)

La múltiple misericordia de Dios socorrió a las caídas humanas de manera que la esperanza de la vida eterna no sólo se reparará por la gracia del bautismo, sino también por la medicina de la penitencia, y así, los que hubieran violado los dones de la regeneración, condenándose por su propio juicio, llegaran a la remisión de los pecados; pero de tal modo ordenó los remedios de la divina bondad, que sin las oraciones de los sacerdotes, no es posible obtener el perdón de Dios. En efecto, el mediador de Dios y de los hombres, el hombre Cristo Jesús (1 Tim. 2, 5), dio a quienes están puestos al frente de su Iglesia la potestad de dar la acción de la penitencia a quienes confiesan y de admitirlos, después de purificados por la saludable satisfacción, a la comunión de los sacramentos por la puerta de la reconciliación.

Es menester que todo cristiano someta a juicio su propia conciencia, no sea que dilate de día en día convertirse a Dios y escoja las estrecheces de aquel tiempo, en que apenas quepa ni la confesión del penitente ni la reconciliación del sacerdote. Sin embargo, como digo, aun a éstos de tal modo hay que auxiliar en su necesidad, que no se les niegue la acción de la penitencia y la gracia de la comunión, aun en el caso en que, perdida la voz, la pidan por señales de su sentido entero. Más si por violencia de la enfermedad llegaren a tal estado de gravedad, que lo que poco antes pedían no puedan darlo a entender en la presencia del sacerdote, deberán valerle los testimonios de los fieles que le rodean, para conseguir juntamente el beneficio de la penitencia y de la reconciliación. Guárdese, sin embargo, la regla de los cánones de los Padres acerca de aquellos que pecaron contra Dios por apostasía de la fe.

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