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El diaconado y más…

Por Pbro. Roberto Delgado

IV Concilio de Constantinopla, 869-870 (VIII Ecuménico contra Focio)

Temas que abordó:
1) Cánones contra Focio
2) Juan XV, 985-996. Concilio Romano de 993. Sobre el culto de los santos
3) San León IX, 1049-1054. Símbolo de la fe
4) Sobre el Primado del Romano Pontífice
5) Nicolás II, 1059-1061. Concilio Romano de 1060. De las ordenaciones simoníacas
6) San Gregorio VII, 1073-1085. Concilio Romano (VI) de 1079. Sobre la Eucaristía
7) Urbano II, 1088-1099. Concilio de Benevento, 1091. De la índole sacramental del diaconado
8) Pascual II, 1099-1118. Concilio de Letrán de 1102. De la obediencia de vida a la Iglesia
9) Concilio de Guastalla, 1106. De las ordenaciones heréticas y simoníacas

2) Juan XV, 985-996. Concilio Romano de 993 (Para la canonización de San Udalrico) sobre el culto de los santos

… por común consejo hemos decretado que la memoria de él, es decir, del Santo Obispo Udalrico, sea venerada con afecto piadosísimo, con devoción fidelísima; puesto que de tal manera adoramos y veneramos las reliquias de los mártires y confesores, que adoramos a Aquel de quien son mártires y confesores; honramos a los siervos para que el honor redunde en el Señor, que dijo: El que a ustedes recibe, a mí me recibe (Mt 10, 40), y por ende nosotros que no tenemos confianza de nuestra justicia, seamos constantemente ayudados por sus oraciones y merecimientos ante Dios clementísimo, pues los salubérrimos preceptos divinos, y los documentos de los santos cánones y de los venerables Padres nos instaban eficazmente junto con la piadosa mirada de la contemplación de todas las Iglesias y hasta el empeño del mando apostólico, a que acabáramos la comodidad de los provechos y la integridad de la firmeza, en cuanto que la memoria del ya dicho Udalrico, obispo venerable, esté consagrada al culto divino y pueda siempre aprovechar en el tributo de alabanzas devotísimas a Dios

5) Nicolás II, 1059-1061. Concilio Romano de 1060. De las ordenaciones simoníacas

El Señor Papa Nicolás, presidiendo el Concilio en la Basílica constantiniana, dijo: Decretamos que ninguna compasión ha de tenerse en conservar la dignidad a los simoníacos, sino que, conforme a las sanciones de los cánones y los decretos de los Santos Padres, los condenamos absolutamente y por apostólica autoridad sancionamos que han de ser depuestos. Acerca, empero, de aquellos que no por dinero, sino gratis han sido ordenados por los simoníacos, puesto que la cuestión ha sido de tiempo atrás largamente ventilada, queremos desatar todo nudo de duda, de suerte que sobre este punto no permitimos a nadie dudar en adelante…

Sin embargo, por autoridad de los santos Apóstoles Pedro y Pablo, por todos los modos prohibimos que ninguno de nuestros sucesores tóme o prefije para sí o para otro regla alguna fundada en esta permisión nuestra; porque esto no lo promulgó por mandato o concesión la autoridad de los antiguos Padres, sino que nos arrancó el permiso la excesiva necesidad de este tiempo…

7) Urbano II, 1088-1099. Concilio de Benevento, 1091. De la índole sacramental del diaconado

Nadie en adelante sea elegido obispo, sino el que se hallare que vive religiosamente en las sagradas órdenes. Ahora bien, sagradas órdenes decimos el diaconado y el presbiterado, puestas éstas solas se lee haber tenido la primitiva Iglesia; sobre éstas solas tenemos el precepto del apóstol.

9) Concilio de Guastalla, 1106. De las ordenaciones heréticas y simoníacas

Desde hace ya muchos años la extensión del imperio teutónico está separada de la unidad de la sede apostólica. En este cisma se ha llegado a tanto peligro que –con dolor lo decimos– en tan grande extensión de tierras apenas si se hallan unos pocos sacerdotes o clérigos católicos. Cuando, pues, tantos hijos yacen entre semejantes ruinas, la necesidad de la paz cristiana exige que se abran en este asunto las maternas entrañas de la Iglesia. Instruidos, pues, por los ejemplos y escritos de nuestros Padres que en diversos tiempos recibieron en sus órdenes a novacianos, donatistas y otros herejes, nosotros recibimos en su oficio episcopal a los obispos del predicho Imperio que han sido ordenados en el cisma, a no ser que se pruebe que son invasores, simoníacos o de mala vida. Lo mismo constituimos de los clérigos de cualquier orden a los que su ciencia y su vida recomienda.

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