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Episcopeo

Fuente: cem.org.mx

22 de abril de 2018

Yo soy el Buen Pastor…; Yo doy mi vida por las ovejas (Jn 10,14-15)

En este domingo IV de Pascua, la Iglesia nos propone reflexionar sobre la redención del mundo llevada a cabo por Cristo por medio de su pasión, muerte y resurrección a la luz de la figura del Buen Pastor, con la que se identifica Jesús en esta parábola.

La imagen del pastor significa bien el papel desempeñado por Cristo en beneficio de los hombres. El pastor es la persona que está al frente del rebaño de ovejas para cuidarlas: las saca del aprisco para conducirlas a pastos nutritivos, las defiende de los peligros de alimañas y de ladrones y las devuelve a salvo al redil.

En el antiguo oriente, era frecuente comparar al soberano con un pastor, y a su pueblo con un rebaño. En el Antiguo Testamento, Moisés es considerado como el pastor de Israel, encargado de guiarlo por el desierto hasta la tierra prometida; David es tomado del rebaño de ovejas para apacentar al pueblo de Dios, y el mismo Dios recibe el nombre de pastor de Israel, que promete cuidar personalmente a su pueblo, en lugar de los malos pastores, que, en vez de cuidar del rebaño, se aprovechan de las ovejas. También el rey mesiánico vigilará fielmente el rebaño del Señor, cuidando de sus ovejas. En el Nuevo Testamento, Jesús es considerado el gran pastor de las ovejas (Heb 13,20), que son sus discípulos (Wikenhauser, Herder, 303).

El buen pastor conoce a sus ovejas, e incluso, en los rebaños no muy grandes, hasta las llama por su nombre. Así también Jesús conoce a cada uno de sus discípulos personalmente con un conocimiento amoroso que quiere y procura la salvación de cada uno. ¿Acaso dudamos de que el Señor nos conoce personalmente y nos ama? ¿Nos parece pretencioso el pensar que Jesús nos conoce por nuestro propio nombre, es decir, en nuestra singularidad y en nuestra situación particular, y quiere ayudarnos a que perseveremos en el camino de la vida cualesquiera que sean las circunstancias por las que atravesemos? Jesús compara su conocimiento de cada discípulo con el conocimiento mutuo que tienen Él y el Padre, lo que les lleva a permanecer el uno en el otro, hasta venir a ser una sola cosa (Jn 17,11.21-26). Las ovejas conocen también al pastor, saben que es de fiar y se confían a Él.

Reconocen a Jesucristo como el único nombre en el que pueden ser salvados, entendiendo la salvación como el logro de la vida eterna, vida que es prerrogativa de Dios, de la cual hace partícipes a los hombres. Jesús, como Dios verdadero, es el único capaz de salvar la distancia infinita que separa al hombre de Dios: haciéndose hombre, ha situado al hombre en la proximidad de Dios.

Dios nos ha amado hasta el punto de hacernos hijos suyos. Naturalmente, el mundo no entiende esto ni lo valora: pero ¿lo estimamos nosotros? Ya hemos recibido el don de la filiación divina (que llevamos, como un tesoro, en vasijas de barro -2Cor 4,7), aunque esto permanece oculto y sólo se hará evidente el día en que se manifieste el Señor Jesús.

Este regalo de Dios ha tenido lugar gracias a que el buen Pastor ha dado la vida por sus ovejas. Si ve venir al lobo no huye, como hace el mercenario, sino que le hace frente y las defiende. Ha dado la vida por todos y cada uno de los hombres: el apóstol san Pablo ha experimentado que el Señor lo amó y se entregó por él (Gál 2,20). Por eso lo ama el Padre, que le ha dado este mandato, que Él ha cumplido (Jn 17,4). También el Padre desea y procura la salvación de cada uno de sus pequeños; en este propósito está tan comprometido como lo está el Hijo, con cuya sangre hemos sido rescatados (1Cor 6,20; 1Pe 1,18-19). Jesús da la vida para que sus ovejas tengan vida abundante.

Hubo de padecer su pasión y muerte para entrar en su gloria (Lc 24,26); sufrió el rechazo por parte de los hombres (¡qué misterio el de la libertad humana!), pero Dios estaba con Él, resucitándolo de entre los muertos, y lo ha colocado como piedra angular del edificio de su Iglesia, como hermano mayor de su familia.

Jesús ha venido a salvar a todos los hombres y reunirlos en una sola Iglesia, de modo que formen un solo rebaño bajo un solo pastor, la familia de los hijos de Dios, encabezada por Cristo.

Pero éste no entrega su vida a la fuerza y resistiéndose, sino voluntariamente, libremente, pues tiene poder para entregarla y para recuperarla de nuevo, como de hecho sucedió por su resurrección de entre los muertos.

La curación física del cojo de nacimiento muestra el poder salvífico de Jesús en el orden sobrenatural. Esta acción reafirma la fe de los discípulos y atrae nuevos fieles a la Iglesia. Nosotros hemos de basar nuestra fe en el testimonio de los Apóstoles, como base para realizar nuestra propia experiencia de comunión con Dios, de forma que, como los conciudadanos de la mujer samaritana, podamos exclamar: Ya no creemos por lo que tú dices; nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que Él es de verdad el Salvador del mundo (Jn 4,42).

+ Héctor González Martínez

Arzobispo Emérito de Durango

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