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Episcopeo

Fuente: cem.org.mx

15 de abril de 2018

La resurrección de Jesucristo es el fundamento de la fe de los Apóstoles. La experiencia personal del encuentro con Jesucristo es igualmente el fundamento de la fe de todo creyente. El evangelio de hoy centra la primera parte en la incredulidad de los apóstoles ante la resurrección de Jesucristo. Estando reunidos y escuchando la experiencia que contaban los discípulos de Emaús, Jesús se presentó en medio de ellos y les dice: “Paz a vosotros” (v.36). Aterrorizados y llenos de miedo, los apóstoles creen ver un fantasma. “¿Por qué os alarmáis?, ¿por qué surgen dudas en vuestro corazón?” (v.38), les pregunta Jesús. Con delicadeza les pregunta, disipa sus dudas y les da pruebas de su resurrección: “Mirad mis manos y mis pies: soy yo en persona. Palpadme y daos cuenta de que un espíritu no tiene carne y huesos, como veis que yo tengo” (v.39). Jesús muestra las manos y los pies, porque en ellos están las marcas de los clavos (cf. Jn 20,25-27). Cristo resucitado es el mismo Jesús de Nazaret que había muerto en la Cruz, no es un fantasma como imaginaban los discípulos. Y, como la alegría era tan grande que no acababan de creer, Jesús les pregunta si tienen algo de comer. Los invita a buscar el alimento y le ofrecen un trozo de pescado asado. Tiene cuerpo físico vivo y palpable; es un ser real no imaginario, que ha pasado de la muerte a la vida. S. Lucas insiste en el “realismo” de la resurrección, nos habla de la resurrección, nos habla de mirar, de tocar, de comer con Jesús.

Jesucristo siempre es el mismo, pero con distintas manifestaciones. El Jesús de Nazaret es el mismo resucitado que se presenta en medio de los discípulos reunidos en el cenáculo, el mismo que se apareció a los discípulos de Emaús, el mismo que se apareció a la Magdalena. Y a todos les resulta difícil aceptar que Jesús hubiera resucitado y lo confunden con un fantasma, con un caminante o con el jardinero. Jesús resucitado también se manifiesta en nuestra vida de muchas formas y podemos caer en la tentación de pensar que Jesucristo es una idea, un pensamiento, un fantasma, que nada tiene que ver con nuestra vida. Como los apóstoles también tenemos que reconocer sus llagas de crucificado, compartir con Él nuestra comida, escuchar sus preguntas, llenarnos de su alegría y paz, escuchar su Palabra, ser sus testigos. Creer en el Jesucristo resucitado es reconocerle en tantos crucificados como nos encontramos diariamente en nuestra vida, es compartir con ellos recursos, tiempo, posibilidades o cualidades que tenemos, dedicarles nuestra oración, hacerles sentir nuestra acogida. Escuchar a Cristo resucitado es hacer nuestras sus palabas, sus actitudes y gestos rompiendo nuestro aislamiento y egoísmo.

Creer en Jesucristo resucitado es permitirle que entre en nuestra vida, que nos quite los miedos que nos enervan y paralizan, y que nos lance al mundo para ser sus testigos. Este Cristo resucitado nos da la autenticidad de nuestra fe, no el cristo que seguimos en las procesiones, al que llevamos flores o velas y rezamos, si es que para nosotros se ha quedado en el sepulcro. Lucas centra la segunda parte del evangelio, -que hemos leído- en el poder salvífico de la Pascua de resurrección a la luz de la Sagrada Escritura. Jesús al tiempo que come delante de los discípulos, les hace comprender las Escrituras: Esto es lo que os dije mientras estaba con vosotros: que era necesario que se cumpliera todo lo escrito en la Ley de Moisés y en los Profetas y Salmos acerca de mí (v. 44). Jesús les mostró que esto ya estaba escrito en la Ley de Moisés, en los Profetas y en los Salmos. Jesús resucitado, vivo en medio de ellos y en medio de nuestras asambleas comunitarias, es la clave para entender el sentido de la Sagrada Escritura. Instruidos en esta verdad y convencidos de la realidad objetiva de la resurrección, los discípulos de Jesús se convertirán en garantes y anunciadores de cuanto han visto y comprendido. Jesucristo gradualmente abre la mente de los discípulos para que comprendieran las Escrituras. La Escritura había anunciado ya “que el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día (v. 46).

Jesús les dice a los apóstoles, que vivieron y comieron con él: Vosotros sois testigos de esto (v.48). Nosotros no somos testigos presenciales de la resurrección de Jesús, pero por el testimonio de la Iglesia y por la lectura de la Escritura creemos que Jesús vive, que sigue haciéndose presente en nuestras vidas, especialmente en las asambleas eucarísticas. Por ello, creemos que también nosotros estamos llamados a ser testigos de su resurrección y a proclamar el evangelio en todas partes. Su resurrección disipa nuestros miedos, y como a los discípulos nos llena de fuerza por medio del Espíritu. Él está en medio de su Iglesia y nos acompaña siempre. La prueba de la resurrección es “sentirnos responsables” y no ajenos de la vida de los demás. Nuestra seguridad viene atestiguada por la palabra de Jesús: Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos (Mt 28,20).

En los momentos difíciles debemos recordar que Cristo está siempre con nosotros. El fundamento último de la misión de la Iglesia es el encuentro con el Resucitado y la comprensión creyente de las Escrituras (v. 45). Si falta la presencia del resucitado, la comunidad cristiana se apaga, se encierra en sí misma, se adormece, y como los discípulos se queda paralizada, le falta vida, y sobra miedo, sobran desfiles y falta evangelio auténtico.

Si alguien nos preguntara por nuestra fe, ¿podríamos decirle que somos creyentes no porque nos lo han dicho, sino porque “hemos visto a Jesús”, porque nos hemos “encontrado” con Él, podremos decirle que este encuentro ha cambiado mi vida.

Héctor González Martínez

Arzobispo Emérito de Durango

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