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Homilía pronunciada por Mons. Héctor Luis Morales Sánchez dentro de la Institución de Ministerios Laicales en la Fiesta de Pentecostés

Transcripción: Diego Pérez / Ministerios Laicales

Estamos culminando el tiempo de la Pascua y dentro de los comentarios que se hacen precisamente a las lecturas del día de hoy y particularmente a ésta solemnidad de la venida del Espíritu Santo sobre los Apóstoles y la Santísima Virgen María, se menciona precisamente la primera Pascua, cuando Moisés saca al pueblo hacia la tierra prometida y nos hace referencia precisamente a que toda Pascua tiene dos resultados, dos experiencias: en primer lugar la cercanía de Dios y segundo sobre todo la fuerza transformadora, liberadora de ese paso de Dios por nuestra vida, de estar esclavos pasan a ser hombres y mujeres libres, de ser un tartamudo a ser el encargado de parte de Dios de conducir a su pueblo, de ser un joven como Jeremías a confiarse a las palabras del Señor que pondrá en su boca cuando vaya y se presente en su nombre y esto es precisamente lo que podemos destacar el día de hoy: La Pascua es el paso del Señor por nuestra vida y lo que experimentamos es su cercanía, es su presencia y esto es lo que hace también Jesús resucitado al dar al Espíritu Santo, nos da al Consolador en primer lugar, antes que el Abogado, antes que el Espíritu de la verdad está el Consolador, ¿por qué? -porque están tristes- se han quedado sin su maestro y primeramente da el consuelo, pero al dar el consuelo no es para que nos quedemos ahí en esa experiencia de compasión de parte del Señor, sino sobre todo como les decía, de tener la certeza y la seguridad de lo que el mismo Señor nos dice: “Yo estaré con ustedes todos los días hasta la consumación de los siglos” (Mt. 28, 20).

Esto es lo que debemos de tener en cuenta en primer lugar con nuestra Pascua, porque también se afirma que son Litúrgicamente, podríamos llamarlo así, tres Pascuas: La Encarnación -que Dios se hace hombre-, La Resurrección -Jesús vence a la muerte- y Pentecostés -que nos transforma en testigos del Resucitado-. Y también ésta Pascua de Pentecostés tiene eso mismo como decía: La experiencia de la cercanía de Dios al recibir al Consolador y esa fuerza liberadora de que deja a los hombres miedosos a un lado, para convertirlos en testigos del Evangelio, en testigos de la Resurrección son ellos quien abren ahora las puertas y las ventanas para salir al diálogo y al encuentro con el mundo, no se quedan ahí encerrados, pero esto es lo que hace el paso del Señor en la vida de cada uno de ellos, revisemos cuando ha sido nuestra Pascua, cuando ha sido ese paso del Señor por nuestra vida en donde nos ha dado la certeza y la seguridad de que Él ha caminado, camina y seguirá caminando siempre con nosotros, sino ha sido así, es necesario revisarnos, sí hemos tenido ya esa experiencia ¡Muy bien! O sino estar en esa expectativa, como decía el día de ayer la lectura, la espera del Espíritu, la espera del paso del Señor, porque la primer experiencia que se tiene en los hombres y mujeres de fe en las circunstancias adversas es precisamente esa pregunta que está en la Sagrada Escritura: “¿Está o no está Dios con nosotros?” (Ex. 17,7).

Y eso es lo primero que tenemos que resolver, ¿Está o no está con nosotros? Y -sí está- esto nos debe dar valor, nos debe dar seguridad, nos debe impulsar y nos debe transformar de lo que somos a veces, personas a lo mejor pusilánimes, es decir, opacado con miedo, con inseguridad para podernos convertir en el hombre y la mujer que Dios quiere y que nos ha querido desde el principio.

Ésta vivencia de éste Domingo de Pentecostés en donde se renueva el compromiso de servirle al Señor, sea primeramente una Pascua para todos y cada uno de nosotros los aquí presentes: ¡Dios sigue estando con nosotros, seguirá estando hasta el final de los tiempos, Él es el único que no se retira, Él es el que se hace siempre presente!

Por eso, lo que experimentamos sobre todo en ocasiones cuando somos internados por alguna enfermedad, hay una hora de visita en que nos pueden visitar nuestros familiares y amigos, pero hay un momento en que la clínica, el hospital cierra esa visita y los únicos que quedan ahí solamente son Dios y aquella persona, sí, estarán los médicos, las enfermeras, pero estar, estar verdaderamente con nosotros, solamente Dios, Él es el único que caminará con nosotros, ésta fue la experiencia más fuerte de los Apóstoles, de que el Señor no se había ido, de que el Señor no los había abandonado, sino que todavía estaba en medio de ellos y que los seguiría acompañando, que ésta sea nuestra mayor certeza y seguridad y lo que nos dé el valor para poder seguir adelante para convertirnos en ese hombre y en esa mujer, que probablemente como decía: -no me atrevía a ponerme de pie y servir en la comunidad-, -no me atrevía e ir a ver al pobre, al necesitado-, -no me atrevía a anunciar la Buena Nueva porque me daba un poco de pena tomar la Sagrada Escritura o simplemente la Palabra que ya conozco poderla decir de memoria ante aquella persona que estaba delante de mí-; ¡que deje de serlo!, para que verdaderamente pueda decir que he vivido la Pascua de Pentecostés. Sí todavía sentimos ese temor, no busquemos hacer ninguna otra cosa, sino la experiencia de que Dios verdaderamente está con nosotros.

Por otra parte independientemente de éste momento de Pentecostés y de lo que acabamos de reflexionar brevemente sobre la Pascua de Pentecostés también hoy se ha hablado en la vida de la Iglesia de una reforma invisible hasta cierto punto, que el Santo Padre Francisco ha emprendido desde el inicio de su pontificado y lo quiero mencionar hoy precisamente también dentro de ésta reflexión porque lo tenemos delante de nosotros, él en una forma callada ha ido introduciendo en el servicio de la Iglesia a muchos hombres y mujeres laicos que sorprendentemente, para muchos de nosotros, él los ha llamado a dar un servicio y no cualquier servicio, en algunos de los puestos de mucha importancia, ésta reforma también, tiene mucho que ver, y él ha venido insistiendo fuertemente por esto también los invito a que en lo posible conozcan todas las palabras del Papa Francisco dirigidas a los laicos y sobre todo en esa carta dirigida precisamente a los Obispos de América latina a través del responsable el Cardenal Ouellet en donde define muy claramente el papel de cada uno de ustedes y el lugar que les corresponde dentro de la vida de la Iglesia, ya no solamente son para la ejecución, son también para la reflexión, son también para la opinión, ¡pueden hacerlo!, ¡háganlo desde su propia experiencia!, con capacitación que hayan recibido en alguna etapa de formación, o también recuerden hay otro camino por el cual el Señor se hace presente, no sólo se aprende en una escuela, no sólo se aprende en la vida, también se aprende con la Gracia de Dios, sí son hombres y mujeres de oración y le piden al Señor la luz de su Espíritu, aun cuando no hayan asistido a una gran formación o por muchos años en ella tendrán algo que decir, algo que opinar que viene precisamente de Dios, por esto la invitación a ponernos también en la presencia del Señor y que cada vez que vayan a dar ustedes su servicio, se pongan delante de Jesús Eucaristía, no salgan sin Él no se vayan sin antes haber pasado delante de Él, piensen que pueden llegar hasta su parroquia y entrar a la capilla del Santísimo y si no pueden hacerlo, en su propio hogar, es el momento de encuentro con el Señor antes de prestar el Servicio, para que Él sea su fortaleza y Él sea la luz de su espíritu y Él ponga las palabras en su boca que van a ser necesarias.

Ésta reforma que el Santo Padre ha iniciado y sobre todo que ha ido poniendo solamente  en práctica lo que el Vaticano II nos ha indicado respecto a cada uno de ustedes, tenemos que seguirla impulsando, que siga habiendo cada vez más servidores, sí en la vida de la Iglesia, hacia dentro, pero también hacia afuera, también en el mundo es necesaria su presencia, y además es el principal lugar donde ustedes podrían desempeñarse, yo los invito a que también en algún momento que vean ustedes que hay alguna capacitación en lo que se refiere particularmente a la Doctrina Social de la Iglesia y que nos abre un gran abanico de servicios en diversos campos, como son hoy las madres solas o responsables como les llama un movimiento, que están abandonadas por su pareja y tienen que sacar adelante a sus hijos, alguien que los acompañe, alguien que los aglutine y que los haga formar una comunidad para que comparta sus alegrías, sus tristezas, sus preocupaciones. Los ancianos, que no sean solamente como la atención de un programa social, sino verdaderamente la atención a Personas, que tienen todavía algo que aportar, no sólo en el trabajo y algunos me han oído decirlo en sus parroquias, siento una gran tristeza verlos al final de un centro comercial acomodando la despensa y que a quien le han hecho el servicio le dé una limosna y he preguntado: ¿esas Personas no habrán engendrado un hijo?, ¿esas Personas no tendrán un nieto que se pueda hacer cargo de ellos?

Hoy en día no se teme llegar a la vejez por ser viejo o que ya no tenga uno muchas capacidades, sino se teme por la soledad en que se vive, no dejemos que el espíritu del mundo como nos prevenía la Segunda Lectura, vaya permeando y no solamente permeando sino a veces penetrando nuestro corazón, porque luego nos sale también la caridad: -Es que ellos requieren sentirse útiles-, -es que ellos no quieren estar ahí en la casa sin hacer nada-.

Yo les puedo decir que a veces son como los hijos que sorprenden a los padres que les dicen:

  • ¡Papá! ¡Mamá! voy a dejar la escuela,
  • pero ¿por qué?
  • pues no, es que ya no tengo ganas de estudiar;

Hay jóvenes que se lo dicen después a otras personas, oían tanto a los papás quejarse, de que no les alcanzaba, de que tenían que dejar de comprar algunas cosas, para poderle dar para su escuela, que fue tanto que lo oyó que aquel joven o aquella joven, decidió un día abandonar la escuela, y así también nuestros ancianos, oyen tanto a veces que entre los hermanos:

  • ¡Oye!, ¡ya te toca atender a mi Papá!, llévatelo tú yo ya lo tuve un mes.

Ellos ya no quieren ser una carga para ustedes. Podríamos decir probablemente: -Pero, es que yo no lo he corrido-, No, directamente no, pero con esos comentarios que ha oído él o ella es como si le dijeras: ¡Ya vete! Que sí un hermano u otro hermano o los hermanos que tengan, no les ayudan para sostenerlos, para sacarlos adelante en su enfermedad, ¡no se preocupen! Y no sientan que es una carga para ustedes, es un camino de Santificación, porque es Cristo mismo que ha llegado hasta su casa, que sí tendríamos que dejar el servicio que damos, o el ministerio que ejercemos por estar con ellos, ¡Hay que dejarlo!, porque la Escritura nos lo dice: “No porque lo vayamos a dar en la Iglesia, se lo quitemos a ellos”, mejor agradecerle al Sacerdote que me eligió y decirle, -Padre por éste tiempo no voy a poder, tengo algo en mi propia casa, tengo alguien a quien atender-, también esos son ministerios, también esto está en las manos de todo cristiano, hacer una opción para dedicarse a nuestra familia, dos ocasiones aquí en la Diócesis me ha tocado ya confirmar pequeños, decimos pequeños, aunque ya tienen bastante edad algunos, que están discapacitados, que dependen totalmente de sus padres y ellos han asumido esa tarea, comentaban de una experiencia, de una experiencia que también Dios me concedió tenerla personalmente, una pareja que engendra una criatura, yo no sé si le habrán tomado el tiempo pero me decían, duró cincuenta minutos, casi una hora viendo a su hijo o hija que tenía, pero como era una persona que venía con discapacidad fue la última vez que vieron al Papá.

Y les digo también porque soy padrino de una creatura que no tiene su cara bien formada y que la única manera, sí, todavía vive, porque decían que tenía poco tiempo, más sin embargo sigue adelante porque su madre lo seguía teniendo en brazos y la única manera que él identificara a su madre, era por el poco olfato que tenía, pero aquella mujer, también sufrió lo mismo, el esposo con el cual engendró esa creatura, lo vio en la cuna y fue la última vez que lo vimos.

¡Ahí también se sirve, dentro del propio hogar! No habrá mucha trascendencia aparentemente pero sí el corazón de cada uno estará satisfecho y tranquilo al final de haberle podido servir al Señor, porque no es su padre, no es su abuelo o abuela, es Cristo mismo que está ahí.

Seamos Laicos también deseosos de servir ahí en el mundo y hagámonos cargo de nuestros hermanos más necesitados.

¡Jesús manso y humilde de corazón!

¡Haz mi corazón semejante al tuyo!

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