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La oración del Credo

Por Pbro. Roberto Delgado

Primer Concilio de Constantinopla, 381 (II Ecuménico contra los macedonianos)
En este Concilio se elaboró el símbolo niceno-constantinopolitano, es lo que comúnmente conoces como la oración del Credo.

Los temas que abordó son:

  1. Condenación de los herejes
  2. Del primado del Romano Pontífice
  3. Del bautismo de los herejes
  4. Sobre el matrimonio cristiano
  5. Sobre el celibato de los clérigos
  6. De las ordenaciones de los monjes
  7. De la virginidad de la Bienaventurada Virgen María

Se incluye el III Concilio de Cartago, 397. Los temas que tocó son:

  1. Del canon de la Sagrada Escritura
  2. Sobre la ortodoxia del Papa Liberio
  3. Del bautismo de los herejes
  4. De la reconciliación en el artículo de muerte
  5. Del canon de la Sagrada Escritura y de los libros apócrifos
  6. Sobre el bautismo de los paulianistas
  7. Del ministro de la confirmación
  8. Del ministro de la extremaunción
  9. Sobre el primado e infalibilidad del Romano Pontífice

Se incluye el II Concilio Milevi, 416 y XVI Concilio de Cartago, 418. Los temas que tocó son:   

  1. Del pecado original y de la gracia
  2. Del primado e infalibilidad del Romano Pontífice
  3. De la reconciliación en el artículo de la muerte

Referente al tema de la virginidad de la Bienaventurada Virgen María (De la Carta 9 Accepi litteras vestras a Anisio, Obispo de Tesalónica, de 392)

“A la verdad, no podemos negar haber sido con justicia reprendido el que habla de los hijos de María, y con razón ha sentido horror vuestra santidad de que del mismo vientre virginal del que nació, según la carne, Cristo, pudiera haber salido otro parto. Porque no hubiera escogido el Señor Jesús nacer de una virgen, si hubiera juzgado que ésta había de ser tan incontinente que, con semen de unión humana, había de manchar el seno donde se formó el cuerpo del Señor, aquel seno, palacio del Rey eterno. Porque el que esto afirma, no otra cosa afirma que la perfidia judaica de los que dicen que no pudo nacer de una virgen. Porque aceptando la autoridad de los sacerdotes, pero sin dejar de opinar que María tuvo muchos partos, con más empeño pretenden combatir la verdad de la fe”.

 

Respecto al celibato de los clérigos (de la carta a Himerio)

“Vengamos ahora a los sacratísimos órdenes de los clérigos, los que para ultraje de la religión venerable hallamos por vuestras provincias tan pisoteados y confundidos, que tenemos que decir con palabras de Jeremías: ¿Quién dará a mi cabeza agua y a mis ojos una fuente de lágrimas? Y lloraré sobre este pueblo día y noche (Jeremías 9, 1) porque hemos sabido que muchísimos sacerdotes de Cristo y levitas han procreado hijos después de largo tiempo de su consagración, no sólo de sus propias mujeres, sino de torpe unión y quieren defender su crimen con la excusa de que se lee en el Antiguo Testamento haberse concedido a los sacerdotes y ministros facultad de engendrar.

Dígame ahora cualquiera de los seguidores de la liviandad ¿Por qué el Señor avisa a quienes se les encomendaba el santo de los santos, diciendo: Sed santos, porque también Yo el Señor Dios vuestro soy santo, levítico 20, 7; 1Pedro 1, 16? ¿Por qué también, el año de su turno, se manda a los sacerdotes habitar en el templo lejos de sus casas? Pues por la razón de que ni aun con sus mujeres tuvieran comercio carnal, a fin de que, brillando por la integridad de su conciencia, ofrecieran a Dios un don aceptable.

De ahí que también el Señor Jesús, habiéndonos ilustrado con su venida, protesta en su evangelio que vino a cumplir la ley, no a destruirla (Mt. 5, 17). Y por eso quiso que la forma de la castidad de su Iglesia, de la que Él es esposo, irradiara con esplendor, a fin de poderla hallar sin mancha ni arruga (Ef. 5, 27) como lo instituyo por su Apóstol, cuando otra vez venga en el día del juicio. Todos los levitas y sacerdotes estamos obligados por la indisoluble ley de estas sanciones, es decir que desde el día de nuestra ordenación, consagramos nuestros corazones y cuerpos a la sobriedad y castidad, para agradar en todo a nuestro Dios en los sacrificios que diariamente le ofrecemos. Más los que están en la carne, dice el vaso de elección, no pueden agradar a Dios (Rom. 8, 8).

En cuanto aquellos que se apoyan en la excusa de un ilícito privilegio, para afirmar que esto les esta concedido por la ley antigua, sepan que por autoridad de la Sede Apostólica están depuestos de todo honor eclesiástico, del que han usado indignamente, y que nunca podrán tocar los venerandos misterios, de los que a sí mismos se privaron al anhelar obscenos placeres; y puesto que los ejemplos presentes nos enseñan a precavernos para lo futuro, en adelante, cualquier obispo, presbítero o diácono que cosa que no deseamos fuere hallado tal, sepa que ya desde ahora le queda por nosotros cerrado todo camino de indulgencia; porque hay que cortar a hierro las heridas que no sienten la medicina de los fomentos”.

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