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La paz esté con ustedes (cf. Lc 24, 35 48)

Fuente: cem.org.mx

III Domingo de Pascua, ciclo B (2018)

“¿Porqué surgen dudas en su interior?”. Hoy Jesús nos hace esta pregunta. Y quizá le respondamos: “porque hay muchos problemas en casa, la escuela y el trabajo. Porque alguien en quien confiaba me ha fallado. Porque por más que me esfuerzo las cosas no salen bien. Porque sufro chismes y bullying. Porque padezco una enfermedad. Porque la gente que amo la está pasando mal. Porque extraño a un pariente que está lejos, desaparecido o que ya se fue. Porque en el mundo son imparables la mentira, la injusticia, la pobreza, la corrupción, la violencia y la muerte. Porque hasta la Iglesia me ha decepcionado”.

Si, a veces, agobiados por las penas, las decepciones, los fracasos y los problemas, dudamos que Dios pueda hacer algo. Dudamos que el camino que nos propone de buscar la verdad, amar y portarse bien realmente funcione. Dudamos que sirva de algo tratar de conocer su Palabra, ir a Misa, confesarse, orar y vivir como nos enseña. Dudamos que las cosas puedan mejorar con la familia, los vecinos, los compañeros, nuestro México y el mundo.

¿Pero saben qué? Jesús nos comprende y nos ayuda. Él sabe que la vida no es fácil. Las heridas de sus manos y de sus pies son prueba de ello. Son las huellas que demuestran que ha conocido hasta el fondo lo que es ser víctima del mal; traición, envidia, calumnia, abandono, injusticia, despojo, violencia y muerte. Pero también son la prueba de que él lo enfrentó y lo venció con el verdadero poder, capaz de hacer triunfar para siempre la verdad, el bien, la justicia, el progreso y la vida: el amor.

Por eso nos dice: “La paz sea con ustedes” ¡Podemos fiarnos de él, el auténtico triunfador, que nos invita a tener parte en su victoria sin final! ¡Podemos fiarnos de él, que nos ama como nadie! Miremos sus manos y sus pies; en ellos lleva grabada la declaración de amor más grande que alguien pueda hacernos ¡Ha dado su vida por nosotros! Así, como dice san Beda, nos demuestra el gran amor que nos ha tenido[1].

Él nos ama, a pesar de nuestras fallas, nuestras desilusiones, nuestros miedos y nuestras dudas. Y porque nos ama, nos perdona y nos libera del pecado, que es causa de todos los males, y nos da su Espíritu para que lleguemos a ser hijos de Dios, partícipes de su vida por siempre feliz. Así, en medio de las penas y problemas, nos hace vivir tranquilos[2], porque sabemos que al final nos aguarda una dicha total y sin final, que alcanza quien lo ama y guarda sus mandamientos[3].

Si hasta ahora no lo hemos hecho, todavía es tiempo ¡Arrepintámonos y convirtámonos, para que se borren nuestros pecados[4]! Así podremos ser testigos suyos. Testigos de que él ha resucitado y está vivo en medio de nosotros. Testigos de que, unidos a él y amando como nos pide, podemos construir juntos una familia y un mundo mejor, y alcanzar la eternidad.

¡Nuestra familia y el mundo nos necesitan! Por eso Jesús nos envía a ser testigos suyos, teniendo presente que, como dice el Papa, testigo es aquel que ha visto y se ha dejado involucrar por el acontecimiento[5] ¡Veamos a Jesús, presente en su Palabra, sus sacramentos, la oración y el prójimo! Dejémosle que vuelva a encender nuestro corazón[6]. Así podremos compartir con todos su amor, capaz de transformar la vida. Hagámoslo, con la convicción que llevaba a san Gregorio Nacianceno ha exclamar: “Si no fuese tuyo ¡Oh Cristo mío! me sentiría criatura finita”[7].

+Eugenio Lira Rugarcía
Obispo de Matamoros

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