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Laicos participan en la formación sacerdotal

Por Aarón Bravo / Diócesis de Nezahualcóyotl

Hablar de filosofía siempre es un tema grato para quien ha decidido dedicar sus esfuerzos a propagar el saber filosófico. El tema que me ocupa en esta oportunidad es reflexionar acerca del quehacer filosófico que se realiza en una casa de formación sacerdotal.

Este tema puede verse desde diversas perspectivas: la prefectura de estudios, institución encargada de coordinar las actividades escolares y culturales, contratar profesores y realizar los trámites administrativos propios de la academia, todas ellas en conjunto posibilitan la vida de la facultad de filosofía.

Sus tareas son muchas y muy importantes; pero pocas veces valoradas en su justa medida. Otra perspectiva tiene que ver con la del seminarista, quien a una temprana edad se estrella con la filosofía. Esto porque él se acerca al seminario atendiendo a un discernimiento vocacional: ser sacerdote, pero, en su recorrido al sacerdocio, la filosofía se convierte en una afanosa aduana que hay que atravesar para continuar el camino.

En este sentido, la filosofía es trayecto y no la meta. Tal situación supone algunas dificultades. La apatía y la frustración que genera en el seminarista enfrentarse a una disciplina abstracta y que en ocasiones resulta tediosa para el intelecto, y, hay que añadir, no deseada por el educando, lo cual genera una especie de martirio porque el alumno tiene que desarrollar hábitos que no tenía, por ejemplo, el de la lectura, y después aventurarse a una misión casi imposible: la de leer sin comprender, puesto que es grande la complejidad del texto filosófico.

Sin embargo, si el alumno logra sobrevivir a esos primeros y duros filtros de la formación, encontrará que la filosofía habrá cambiado paulatinamente su forma de ver y entender la vida. En suma, una vez que el seminarista estudia filosofía, su vida no vuelve a ser la misma.

El último enfoque es el del docente, cuya labor radica en acompañar al seminarista en los senderos del pensamiento. Los laicos, en tiempos recientes, han participado activamente en la formación filosófica. Su participación ha permitido enriquecer la difusión de las diversas corrientes de pensamiento.

Por otra parte, se ha fortalecido el mapa curricular debido a la iniciativa de diversos seminarios de incorporar sus estudios a universidades o a programas oficiales. Todo esto ha generado en el docente el entusiasmo y el compromiso de mantenerse al día en los conocimientos de sus respectivas asignaturas, pero también en la manera en la que imparten los conocimientos.

Ser docente de filosofía en un seminario de formación sacerdotal significa ser consciente de que se es formador de pastores, líderes sociales, que
guiarán la vida espiritual de muchos feligreses, y que en muchas ocasiones tendrán que ser consejeros de vida, para lo cual es menester poseer un discernimiento prudente, resultado de un pensamiento crítico.

Así ser docente de filosofía de un seminario significa, además de enseñar a pensar de un modo filosófico, ser un sembrador de un pensamiento crítico en sus estudiantes.

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