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Obispo y pastor para el pueblo de Dios

Periódico Provincial Mensajero
No. 249 / Pág. 2 / La Voz del Pastor
Redacción: Mons. Francisco González Ramos; Obispo de Izcalli.

Estimados hermanos: Gracia y paz de parte de Jesucristo, nuestro Señor y Salvador. En días recientes, en la Provincia Eclesiástica de Tlalnepantla, hemos sido testigos de la Gracia de nuestro Señor Jesucristo que se ha manifestado en la toma de posesión del señor Cardenal, Carlos Aguiar Retes como nuevo Arzobispo Primado de México, y con motivo de este acontecimiento, quiero reflexionar con ustedes sobre la figura y la tarea del Obispo-Pastor en la Iglesia.

La figura del Obispo, desde sus orígenes, ha sido un pilar para las iglesias particulares, pues le ha sido encomendada la misión de pastorear al único rebaño del Señor a imagen de Cristo, el único Pastor (Cfr. Jn 10,16).

El Obispo, escogido de entre los presbíteros, ha sido llamado por Cristo para ser sucesor de los Apóstoles y continuador de la gran misión encargada a ellos: ir por todo el mundo, hacer discípulos y bautizar en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo (Cfr. Mt 28, 19).

Cabe bien iluminar este llamado con el encuentro que tuvo el Apóstol Pedro con nuestro Señor resucitado: estando a orillas del lago de Tiberíades y después de haber comido, Cristo le preguntó en tres ocasiones sobre los afectos de éste por su Maestro, con un ligero cambio gradual en la pregunta, primeramente, le dice “Simón de Juan, ¿me amas más que éstos?” (Jn 21, 15); nuevamente cuestiona “Simón de Juan, ¿me amas?” (Jn 21, 16); y, finalmente, “Simón de Juan, ¿me quieres?” (Jn 21, 17). Después de la respuesta de Pedro, Jesús contestó “Apacienta a mis ovejas” (Jn 21, 18).

Notemos pues, queridos hermanos, cómo Jesús hace énfasis no en la misión, sino en la relación que tiene y que quiere fortalecer entre Él y el Apóstol.

Jesús pide, antes que apacentar las ovejas, ser amado más que todos y parece que la respuesta que le da Pedro no le convence y por ello la reduce un poco al preguntar “¿me amas?”, ya no importa si se le ama más que a los demás, lo importante es el amor que se le tiene a Él; sin embargo, esto tampoco satisface al Maestro, por lo que reduce la pregunta a algo más concreto “¿me quieres?” Pedro se queda sin palabras, entristece al grado de pensar que no es convincente su respuesta, piensa que después de haberlo negado varias veces es incapaz de amar al Señor, por eso abre su corazón, se sincera con Jesús y da la respuesta que Jesús esperaba: “Señor, Tú lo sabes todo; Tú sabes que te quiero” (Jn 21,17). ¿Dónde ha quedado el amor por sobre todos los demás? ¿Dónde ha quedado el amor en sí? ¿Acaso ha quedado reducido a un querer? No.

El amor está en la sinceridad, en la apertura de corazón, en la transparencia de la pregunta: “Señor, Tú lo sabes todo”, es como si dijera: “Señor, a ti no te puedo engañar” o “Señor, sabes que soy débil, que quizá te vuelva a traicionar, pero sabes que estoy aquí, contigo y que es sólo contigo con quien quiero estar”. “Tú sabes que te quiero” ¡qué momento tan fuerte para el Apóstol! No poder responder con el mismo amor con el que Jesús le ha amado, ser consciente de su limitación y de su fragilidad y, sin embargo, confiar en el Señor y entregarse total y completamente a Él.

Es justo en ese momento cuando Jesús decide darle la encomienda por tercera vez: “Apacienta a mis ovejas”. Jesús no pide otra cosa que tener los ojos puestos en Él y que se confíe plenamente en Él, para cumplir con la misión encomendada, pues el rebaño al que hemos sido llamados a apacentar no es nuestro, sino de Él.

En este momento cabría preguntarnos ¿a qué se refiere Jesús con apacentar a sus ovejas? Se refiere no a otra cosa, sino a regir, enseñar y santificar a la grey que nos ha sido encomendada.

El Obispo necesita regir a su grey, más no con un fardo pesado que los fieles carguen en sus espaldas como lo hacían los fariseos y a quiénes Jesús corrigió vehementemente (Cfr. Mt 23, 4), sino con el yugo del amor y de la mansedumbre, a imagen de nuestro Señor, con un yugo suave y una carga ligera (Cfr. Mt 11, 30), buscando la forma adecuada de iluminar a doctos y sencillos, a pobres y ricos, a alegres y tristes, a fuertes y débiles, a veraces y mentirosos; pero, sobre todo, comportándose como siervos del Señor y no como amos de las ovejas, en este tema, el Santo Padre, el Papa Francisco, ha tenido a bien exteriorizar el modelo de Obispo que quiere para la Iglesia Universal: “Pastores, cercanos a la gente, padres y hermanos, con mucha mansedumbre; pacientes y misericordiosos.

Hombres que amen la pobreza, […]. Hombres que no tengan “psicología de príncipes”, pues ya lo ha dicho el Señor: Si uno quiere ser el primero, sea el último de todos y el servidor de todos (Mc 9, 35). Ésta es la tarea del Obispo: regir al rebaño siendo un pastor que las sirva y no que se sirva de ellas, más ¿cómo regir a las ovejas si éstas no han sido educadas? Ésa es la segunda tarea del Obispo: enseñar.

El Obispo diocesano tiene el deber de enseñar todo y solamente el mensaje de Jesús, teniendo cuidado de no entremezclar sus ideas y sus creencias con el mensaje evangélico, pues por ese motivo ha sido elegido cuidadosamente, de forma que se apegue a la santa doctrina de la Iglesia, para ello, los sacerdotes y los laicos comprometidos trabajan incesante y exhaustivamente para transmitir y extender el Evangelio por todo su territorio.

El Obispo no se encuentra solo para realizar esta tarea, en primer lugar, es el Espíritu Santo quien le unge y le dota de los dones necesarios para realizarlo, no obstante, sin la cooperación de los sacerdotes y de los fieles laicos, la tarea sería titánica e imposible; por esta razón, me atrevo a agradecer a cada fiel cristiano que con fe, esperanza, gratuidad, buen corazón y caridad contribuyen a extender el Evangelio, y pido a Dios que les socorra con el Don del Espíritu Santo para que la llama del amor por Cristo y por el celo misionero arda apasionadamente en sus corazones, transmitiendo lo que a su vez han recibido: que Cristo murió por nuestros pecados, que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras (1 Co, 15, 3-4).

Finalmente, el Obispo tiene la tarea de santificar a las ovejas del Señor, para esto ha de procurar la administración de los Sacramentos a tiempo oportuno a los fieles laicos, pues es Cristo mismo quien santifica a su Iglesia por medio de nosotros, Obispos y presbíteros, que por la acción del Espíritu Santo participamos del sacerdocio ministerial de Cristo.

No obstante, como decía san Agustín en uno de sus sermones, “si somos Obispos, es en beneficio del Santo Pueblo de Dios”, por ello, es necesario que, además de administrar los sacramentos, procuremos que encuentren en nuestra persona la imagen de Cristo, Buen Pastor, que guía a sus ovejas hacia los verdes campos, lejos de los lobos y de las amenazas.

Nuestra tarea como Obispos es titánica, es ardua y, vista humanamente, imposible, sin embargo, nuestra obra no es nuestra, sino de Dios.

El que nos ha llamado y nos ha enviado sigue junto a nosotros todos los días de nuestra vida, ya que nosotros actuamos por mandato de Cristo (PDV 4). Por tanto, amadísimos hijos, rueguen a Aquél que nos ha llamado que nos fortalezca, nos vivifique y nos santifique para poder fortalecerlos, vivificarlos y santificarlos. Con mi bendición

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