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Timonel

Por: + Leopoldo González González, Arzobispo de Acapulco.
Fuente: cem.org.mx

Les saludo a todos con mucho cariño en Dios, nuestro Padre: “La Paz esté con ustedes ¡Aleluya! ¡Aleluya!”. Ningún domingo significa tanto como el Domingo de la Resurrección del Señor. La celebración de la Pascua es el centro de nuestra fe y de nuestra esperanza. Vivamos los días de Pascua en la alegría que brota de nuestra fe.

DOMINGO DE LA RESURRECCIÓN

La Resurrección de Cristo no es una noticia del pasado, es una Presencia que transforma nuestra vida. San Justino en el S. II describe cómo vive la Iglesia y cuál es su fuerza para vivir así: “Los que amábamos por encima de todo el dinero y los acrecentamientos de nuestros bienes, ahora, aún lo que tenemos, lo ponemos en común y de ello damos parte a todo el que está necesitado. Los que nos odiábamos y matábamos los unos a los otros y no compartíamos nuestro hogar con quienes no eran de nuestra propia raza… ahora después de la aparición de Cristo, vivimos todos juntos y rezamos por nuestros enemigos” ¿Cuál es la fuente de este modo de vivir? El encuentro de cada persona con el Señor Jesús. Claramente dice San Justino: “ahora después de la aparición de Cristo”. Esa expresión no puede referirse solo a los años que Jesús vivió en Galilea y Judea, porque los cristianos de quienes San Justino escribe vivieron más de un siglo después de la Pascua de Jesús en Jerusalén. Esa “aparición de Cristo” hace referencia a Jesús que resucitado vive para siempre, que cada día sale al encuentro de cada persona en toda época de la historia. También en la nuestra.

El tiempo litúrgico que empezamos a vivir, nos habla de manera privilegiada de este acontecimiento que es fuente de ese otro modo de vivir, marcado por la solidaridad y la fraternidad. El Evangelio nos dice que los discípulos poco o nada creyeron a las mujeres que les hablaron de la tumba vacía y de ángeles que las invitaban a no buscar a Jesús entre los muertos porque había resucitado. Su desilusión tan profunda luego de lo vivido en el Calvario no les permitía creer. Se convencieron de lo sucedido hasta que el Señor Jesús se les apareció una y otra vez dándoles numerosas pruebas de que estaba vivo. Entonces sí fueron y dieron este testimonio: que con sus propios ojos lo vieron y con sus manos lo tocaron, que comieron y bebieron con Él después de que resucitó de entre los muertos. Y mantuvieron este testimonio aunque en ello les fuera la vida.

Su testimonio ha llegado hasta nosotros. También nuestros abuelos y nuestros padres nos han dado esta alegre noticia: “En verdad, el Señor ha resucitado de entre los muertos”. Lo han hecho no solo porque lo oyeron de sus padres, sino porque también a ellos el Señor Jesús les salió al camino y les convenció que era verdad lo que sus abuelos les habían transmitido. Hemos de preguntarnos: ¿A nosotros cuándo el Señor Jesús nos ha salido al camino para darnos esas pruebas que hacen arraigar en nosotros la certeza de que resucitó y está vivo?

Ciertamente a muchos puede pasar inadvertida la presencia del Resucitado que “nos hace señas tras las cosas grandes y pequeñas”. Pedro y Juan para entrar a la tumba vacía, mirar y creer, tuvieron que inclinarse. También nosotros hemos de inclinarnos para mirar y creer, para descubrir lo que no es casual y reconocer detrás de ese acontecimiento, detrás de esa persona al Señor Jesús que nos dice: trae acá tu mano, trae acá tu dedo, tócame. No sigas dudando sino cree.

A mí me impresiona el testimonio de personas que fueron víctimas de la violencia y ahora son sobrevivientes de la violencia, pues habiendo superado el odio y la venganza que amarga toda vida y abona la cadena de muerte, se han convertido en mano que ayuda a quien está sufriendo el inmenso dolor que ellas sufrieron. Si no es Jesús quien explica esa entrega, ¿qué cosa puede explicarla?

Y también ¿cómo explicar la sencilla bondad y rectitud de tantas personas con quienes convivimos? En uno de sus viajes preguntaron al Papa Francisco por qué no hablaba de la clase media, sino solo de los excluidos y de los corruptos… En una entrevista posterior respondió a esa pregunta: “Yo continuamente estoy hablando de la clase media sin mencionarla… Yo estoy hablando continuamente de los padres de familia, de los abuelos, los enfermeros, las enfermeras, la gente que vive para los demás, que cría a los hijos, que trabaja… ¡La santidad de esa gente es enorme! Y es también la que lleva adelante la Iglesia: la gente que vive de su trabajo con dignidad, que cría a sus hijos, que entierra a sus muertos, que cuida de los abuelos, que no los encierra en un geriátrico, esa es nuestra santa clase media,… ‘la clase media de la santidad’”. Todo eso tiene una explicación muy luminosa en el encuentro de esas personas con Cristo Jesús.

En la vida encontramos personas, vivimos acontecimientos y situaciones que es más fácil explicar si Jesús está vivo a nuestro lado. Por ejemplo, que cada mañana, empecemos el día con estos sentimientos y propósitos: “Gracias, Señor, por este día. No te quiero ofender. Ayúdame a hacer el bien que quieres realizar a través de mí”. Y en medio de tropiezos y caídas, busquemos sacar lo mejor de nosotros mismos para servir a los demás, para hacer el bien. Otra cosa que a mí me impresiona es el silencio de Jesús en la Eucaristía: no nos hace reclamamos, no nos interrumpe, nos deja hablarle. No es un silencio opresivo ni de vacío. Es presencia de Quien ama con infinita fidelidad. Ilumina y llena de paz. Esto sólo puede explicarse desde Jesús resucitado que sale a nuestro encuentro.

Como los discípulos, la tarde del domingo de resurrección, podemos decir: “En verdad el Señor Jesús ha resucitado”, y contar cómo se nos ha aparecido en el camino y ha puesto nuestra vida en caminos de solidaridad y fraternidad.

Con mi oración y bendición en Dios, nuestro Padre

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