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Yo soy el buen pastor (cf. Jn 10, 11-18)

Fuente: cem.org.mx

IV Domingo de Pascua, ciclo B (2018)

Jornada Mundial de Oración por las vocaciones

Todos necesitamos amor. Necesitamos que nos conozcan, que nos quieran, que se interesen por nosotros, que sepan qué nos pasa, qué sentimos, qué pensamos, cuáles son nuestras necesidades y qué anhelamos. Ansiamos que alguien comparta todo esto y nos eche la mano para alcanzar una vida mejor.

Sin embargo, quizá más de una vez nos hemos decepcionado al descubrir que alguien que nos hacía creer que estaba de nuestro lado, en realidad sólo nos usaba para su propio beneficio, y una vez que lo consiguió, nos abandonó, dejándonos solos, heridos y confundidos.

Es entonces cuando aprendemos la importancia de no irnos con la finta, sino conocer a las personas como son en realidad, y que ellas nos conozcan de verdad y por amor. ¿Y saben qué? Jesús hace ese sueño realidad; él nos conoce, se nos da a conocer y nos ayuda a salir adelante[1].

“Yo soy el buen pastor”, nos dice. Él es el guía que está con nosotros; nos cuida, nos alimenta, nos cura, nos rescata cuando nos perdemos y nos conduce a la meta: el encuentro con Dios. Y para que nos fiemos de él, nos demuestra su bondad dando la vida por nosotros, como señala san Gregorio[2] ¿Porqué llega a tanto? Porque él, que nos ha creado, nos conoce, se interesa por nosotros, ¡y nos ama como nadie!

Amando hasta dar y recuperar su vida, nos ha rescatado del abismo del pecado en el que caímos al desconfiar de Dios, condenándonos al mal y la muerte; nos ha comunicado su Espíritu de Amor y nos ha hecho hijos del Padre, ¡semejantes a él!, partícipes de su vida por siempre feliz[3].

Así lo experimentó san Pedro, a pesar de sus defectos y caídas, porque Jesús nunca deja de amarnos y de sacarnos adelante. Unido a Dios, la vida de Pedro se hizo tan plena que fue capaz de amar y ayudar al que más lo necesitaba, dando testimonio, con toda claridad, que sólo Jesús puede salvar[4].

Si reflexionamos en nuestra vida, nos daremos cuenta que sólo Jesús, que nos ama como nadie, nos conoce y nos salva. “Mira tu historia cuando ores –aconseja el Papa– y en ella encontrarás tanta misericordia… el Señor te tiene en su memoria y nunca te olvida”[5].

Demos gracias al Señor porque es bueno y su misericordia es eterna. Refugiémonos en él, que nos escucha y nos salva[6]. Dejémosle que nos guíe a través de su Palabra, sus sacramentos y la oración. E involucrándonos en su amor, ayudemos a encontrarlo a la familia, a los vecinos, a los compañeros de escuela o de trabajo, y a los que nos rodean.

¡Él mundo necesita la paz y la vida que sólo Jesús puede dar! Por eso, en esta Jornada mundial de oración por las vocaciones, pidamos a Dios que haya sacerdotes, consagradas, consagrados y laicos dispuestos a amar y entregar su vida para ayudar a muchos a seguir a Jesús. Y si alguno siente este llamado, ¡ánimo! De verdad vale la pena seguir al Señor y dar la vida por los hermanos ¡A echarle ganas!

+Eugenio Lira Rugarcía,

Obispo de Matamoros

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